Es lunes y amanecí de buen humor. Un poco cansado del fin de semana social: visitas a casa de familia y andar con la locura de las compras para surtir la despensa para esta semana. Soy bien huevón, de verdad, prefiero quedarme en casa haciéndome el tonto y no salir. Por el contrario, a mi esposa le gusta andar en la vagancia y reclama mi pasividad. Prefiero no darle armas y acabo saliendo con ella a donde se le antoja, así la mantengo tranquila un rato. Me conviene adaptarme a la situación que estar discutiendo por pendejadas. Hay personas que el mínimo problema lo magnifican y lo hacen ver como algo de gravedad y pobres tontos, sufren sin necesidad.
Lunes, la oficina de mierda. Mi cubículo no es magnífico, pero tampoco apesta. El detalle estriba en que son módulos donde cabemos cuatro personas, y dos de esas personas, unas mujeres horrendas programan música horrenda: reggaetón, cumbias, salsa, Juan Gabriel, etc. No mamar, sólo les hace falta la botella de tequila para que se pongan a bailar sobre las mesas y que se encueren, pinches viejas güilas. Toda la semana tengo que soportarlas, deberían traer sus audífonos e insertárselos por el culo, ya que lo único que oyen, es mierda.
Seguiré trabajando, debo revisar la cuenta de clientes morosos y amenazarlos para que paguen sus préstamos, cabrones.
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